Esther, como tantos de nosotros, tuvo que renunciar al control de su vida para ofrecerle a Jesús su desesperación, su vergüenza y su culpa, y así comprender cuánto la amaba Él. Cuando encontró el valor para rendirse, ¡Él lo cambió todo! Oren para que la gente de Álava llegue a ese punto de entrega total y encuentre el amor que Jesús espera. Que descubran el poder transformador del Evangelio al ofrecer sus vidas, por más quebrantadas que sean, a sus pies.
Con Cristo he sido crucificado, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. La vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por la fe en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí. (Gálatas 2:20)
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